La educación de las hadas

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Los engañabobos en educación y el dedo del niño

En el último capítulo acabábamos defendiendo la pertinencia de cuentos y hadas con relación a la así llamada crisis, a los tiempos de recortes en los que la ganancia es de los sastres trileros con tijeras rancias y oxidadas.

Toca hoy un cuento de hadas, danés para la ocasión: Keiserens nye Klæder. No os asusteis, todos lo conocéis. A todos nos suena, tal la buena música que al oírla por primera vez pareciera que ya la conocíamos desde siempre. Este cuento no es la primera vez que toca para nosotros, porque  Keiserens nye Klæder se trata de El traje nuevo del emperador, el conocido relato que Hans Christian Andersen escribiera en 1837 publicado como parte de Eventyr, Fortalte for Børn (Cuentos de hadas contados para niños).

Málaga en los tiempos en que H. C. Andersen la visitó

Málaga en los tiempos en que H. C. Andersen la visitó

Este cuento de hadas tiene un tema, un asunto que pone sobre la mesa. “Tema” es una palabra que viene del griego tithemi, que significa pues eso, “poner”. Todos los cuentos tienen al menos un tema, un eje sobre el que vertebrar las palabras. Aunque, eso sí, hay cuentos que nunca acaban. No porque las palabras no acaben sino porque hay ejes que siguen revolucionándose desde y para siempre.

Estamos ante un cuento contra la idea rousseauniana de que la verdad radica en la voluntad general. La verdad no tiene que ver con el consenso, con lo que dice la mayoría, nos explica Andersen.

El tema del Traje del Emperador radica en que no tiene por qué ser verdad lo que todo el mundo dice que es verdad. Así de simple. La peculiaridad del tema del cuento de Andersen es que todo el mundo dice que es verdad una cosa que todos ven que es mentira. Repasemos sucintamente el cuento.

Érase una vez reinó un Emperador tan aficionado a los trajes nuevos que gastaba todas sus rentas en vestir con la máxima elegancia.

No se interesaba ni por la educación ni por la sanidad.

Recortaba cuánto podía en gastos sociales y dejaba que sus ministros engañaran al pueblo. Incluso permitió elaborar una ley de educación retrógrada que no convencía ni a los más carpetovetónicos del reino.

rotoMientras gran parte del pueblo perdía sus casas hipotecadas, los precios aumentaban y los niños en hogares y comedores escolares consumían cada vez más esmirriados y mercuriados pangas, tenía nuestro hombre un vestido distinto para cada hora del día, y de la misma manera que se dice de alguien “Está en Babia o en los Emiratos Árabes consiguiendo negocios”, de nuestro querido Emperador se decía: “Está en el vestuario” o “Está de cacería estrenando un traje nuevo”.

Una vez se presentaron dos políticos que se hacían pasar por tejedores, uno con unas chocantes cejas angulosas y otro con una no menos insólita silabeante y babeante forma de hablar, asegurando que sabían tejer las más maravillosas telas que arroparían a todo el pueblo. No solamente los colores y los dibujos serían hermosísimos, con sugerentes brotes verdes, sino que las prendas con ellas confeccionadas poseían la milagrosa virtud de ser invisibles a toda persona que no fuera apta para su cargo, que fuera un vago (o una vaga) o que fuera irremediablemente estúpida (o estúpido).

El Emperador vio una ocasión que ni piripintada para saber así cuáles de sus funcionarios eran vagos o unos inútiles (o no sé qué). Todos los habitantes fueron informados de la particular virtud de aquella tela, todos estaban impacientes por ver hasta qué punto su vecino o su compañero de trabajo era estúpido o incapaz o un redomado vago.

traje nuevo del emperadorLos dos políticos -el angulocejudo y el silababeante– hicieron el traje, un traje que estaba compuesto de la nada más nada imaginable. El Emperador se lo puso, se miro ante el espejo y al no ver la prenda quiso disimular. “Soy un vago o un inútil, pero no quiero que nadie se entere”. Así que dijo que el traje era precioso. Y los dos políticos siguieron haciéndose ricos pidiendo más dinero y oro para confeccionar más trajes.

En fin, que llegó el día en que el Emperador se puso el traje para una ocasión pública, una cacería de elefantes. Los dos políticos engañabobos le dijeron que estaba elegantísimo.

Todo el mundo veía por la tv al Emperador antes de la cacería y se decían unos a otros: “El Traje del Emperador es magnífico”, “Pronto tendremos todos vestidos con esos brotes verdes maravillosos y una educación y una sanidad maravilloooosas” para que el vecino, el hermano o la esposa no supieran que era un vago o un inútil.

De pronto, el Emperador, que tenía mal una de sus caderas, ante las cámaras solicitó a un niño que le acercara el bastón real. El niño se acercó con el bastón y sorprendentemente exclamó:

«¡Pero si va en pelota, Su Majestad!»

La gente empezó a cuchichear la frase en la cacería y ante la tv en sus hogares y los bares, hasta que toda la multitud gritó que el emperador iba desnudo. Por todo el Imperio no se oía más que un eco, “El Emperador va desnudo!” y a continuación “Queremos una sanidad y una educación pública modernas y sin recortes de sastres truhanes!”

El emperador lo escuchó y supo que tenían razón, levantó la cabeza y terminó la cacería sin matar ni un solo elefante esta vez. Eso sí, los sastres engañabobos ya se habían llevado todo el oro, tanto que la gente se quedó en pelota picada porque no tenían dinero para confeccionarse ropa. Y así fue necesario que a toda la gente que iba desnuda se le dijera que iba arropada y el cuento se hizo eterno retorno donde el desnudo se veía vestido y el vestido desnudo.

Concluyamos, que no es gerundio:

  1. Las personas pueden mentir colectivamente para afirmar una mentira cuando creen que es en beneficio propio o temen que les vaya peor.
  2. La verdad llega de la boca de un niño.

Tómese nota. Somos funcionarios del Emperador pero también, como educadores, somos funcionarios de la verdad. No es que nos competa decir que el Emperador va desnudo. Nos compete lograr que el niño se atreva a decir que el Emperador va desnudo.

Estatua de Andersen en Málaga

Estatua de Andersen en Málaga

El cuento de hadas de Andersen tiene variantes en otras regiones del mundo, ajenas al frío de Dinamarca: Turquía, Sri Lanka, India. Tantos son los trajes falsos invisibles con que se quiere esconder la verdad en tantas partes, haga frío o reine el calor.

H. C. Andersen estuvo en Málaga. Lo cuenta en su Un viaje por España, de 1862. De ahí el recuerdo de la estatua del escritor en el centro de la ciudad. ¿Quién ha pasado por Málaga y no se ha sentado junto a Andersen? Andersen alabó la ciudad, llegó a decir que en ninguna otra ciudad española llegó a sentirse tan feliz. Y añadió “mucho ha sido aquí abolido, y más lo será; pero no los ojos andaluces…”

Estatua de Picasso en Málaga

Estatua de Picasso en Málaga

Los ojos andaluces siguen como luceros, luces de eros, pero como cantaba otro, a veces en estas tierras mucho mucho sol y muy poca luz. Tan poca que, con tanta penumbra, es difícil ver ya si el Emperador va vestido o desnudo. Como Andersen, Picasso también tiene su estatua en Málaga. En la Plaza de la Merced, no iba a ser menos. También sentada. Málaga se va poblando de estatuas sentadas. Hoy hasta las estatuas  no se ponen en pie. Con una frase suya, cuya pertinencia al relato de Andersen el lector juzgará, nos cubrimos cual traje honesto:

El arte es la mentira que nos ayuda a ver la verdad.

El arte de Andersen nos asoma la verdad. La vieja música del tema de su cuento. “Tema”, decíamos, venía del griego thema, de tithemi, de “poner”. En la vida hay momentos en que un tema musical es la banda sonora de un estado de ánimo. Las hadas, sobra decirlo, vuelan siempre acompañadas de música. Y este es el tema que vamos a poner, uno de esos que nunca acaban, como nunca acaban los relatos que nos suenan de siempre como el cuento de Andersen:

http://www.youtube.com/watch?v=DwU1BJqW7g8

Cuando el dedo apunta al cielo, el tonto mira al dedo. Ya saben, quiéranse, también desnudos donde apunta el dedo del niño.

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2 comentarios el “Los engañabobos en educación y el dedo del niño

  1. San Miguel
    junio 3, 2013

    la verdad llega de un niño…o de un borracho. Así que cuidado con las celebraciones de fin de curso.

    • claudioarturo
      junio 3, 2013

      Por algo serás santo, Miguel. Aunque, la verdad (hadas aparte), hay poco por lo que brindar

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