La educación de las hadas

Espacio sobre Proyectos Educativos

El Club de la Lucha y la educación

foucault¿Puede extrañar que la prisión se asemeje a las fábricas, a las escuelas, a los cuarteles, a los hospitales, todos los cuales se asemejan a las prisiones?

Michel Foucault

Hace poco, nuestro polifacético y multidivertido secretario, David, tuvo a bien enviarnos, tras leer uno de nuestros artículos, sus reflexiones, las cuales agradezco y transcribo ad litteram, sea tan sólo en homenaje a lo productivo que siempre fue el género epistolar, hoy día fragmentado y algo deslavazado en artilugios de mensajería instantánea como el whatsappwhatsapp (2) pero a fin de cuentas letras que siguen intercambiándose los humanos. Estos dos humanos en concreto éramos profesores. Aquí os ofrezco, como os decía, la carta de David seguida de una escueta respuesta en agradecimiento y un pequeño, pero sugerente, estudio que hice a partir de una película mencionada en las cartas:

“Querido Claudio, te saludo animosamente y me complace enviarte estas reflexiones empujado por la fuerza que Marte y tus palabras empujan nuestras ideas. Creo que hablo por una gran mayoría si te digo que estamos muy orgullosos de la labor que estás desempeñando con la difusión, relanzamiento y tarea de convencimiento de que el plan PICBA es importante y lo que lleva oculto en sus entrañas. La idea de formarse continuamente es la mayor de las tareas y la más importante, denostada por la insípida y dañina mediocridad que surge del inmovilismo y la mala praxis que de forma desdeñable nos golpea por falta de ilusiones y espíritu de sacrificio. Tuve una vez un entrenador que nos decía que la perfección no es otra cosa que la búsqueda constante de ella y que aunque no la alcances, el camino te da la fuerza suficiente para alcanzar la satisfacción. Creo, también, que el camino es tan importante o más que el fin que se persigue, y en nuestro caso, el camino es la afirmación de que todo no está acabado y que tenemos mucho camino por recorrer. Es importante que ese camino tenga una dirección y apoyo, además, se acerque al convencimiento que uno mismo detecta como necesario para seguir estando satisfechos de una labor fundamental como la nuestra.

Edward Norton en El club de la lucha (Fight  Club, 1999, de David Fincher)

Edward Norton en El club de la lucha (Fight Club, 1999, de David Fincher)

Tu último artículo, siempre los leo aunque nunca te había mandado contestación, me ha parecido muy interesante por dirigir la reflexión hacia un cambio de rumbo con respecto a lo que podemos considerar como educación y lo que hoy en día puede ser más necesario para volver a tomar un camino más apropiado en la formación de personas. Las palabras de Spencer: “educar es formar personas aptas para gobernarse a si mismas, y no para ser gobernadas por otros” me hacen recordar una película, que creo que no es de tu gusto, pero que da una vuelta de tuerca a la nueva forma de educar. La película es El club de la lucha.

En ella se transmite la necesidad de romper con todo lo establecido por la sociedad actual que nos arrastra irremediablemente a la destrucción como personas individuales y nos aborrega con las necesidades y deseos materiales, pero no quieren reeducar a partir de lo que ya sabemos si no que a través de los más profundos sentimientos, se debe destruir cualquier resquicio de duda o apego a lo que está establecido, “el establishment” como dirían los americanos, y llegar a ese estadio por los medios más atroces. Sería como volver a nacer , pero con un bagaje de esperanzas mayor, al nacer despues de romper con todo de forma violenta. Pero, esa subversión del sujeto, que como bien planteabas depende de la educación que recibe, va a ser de nuevo guiado por otros que también deben estar desintoxicados de realidad. ¿Cómo se puede reeducar a seres que necesitan ser arrancados de forma violenta de sus más atrasados instintos mundanos sin corromper el mismo sistema que empiezas a crear? ¿Quién puede ser el abanderado de un nuevo sistema de educación inmersos en el mismo sistema depredador y consumista?
Partamos de la idea de romper con lo establecido y crear nuestro propio mecanismo de formar personas libres sin que nada ni nadie nos detenga. David.”

Brad Pitt en El Club de la Lucha

Brad Pitt en El Club de la Lucha

La agradecida respuesta a David fue la que sigue:

“Querido David, ¡El Club de la Lucha sí es de mi gusto! También leí la novela de Palahniuk en que se basa la película. Me gustan también otras pelis de Fincher como Se7en y The Game.

El caso es que me ha agradado mucho leer tus reflexiones, con las cuales sintonizo. A mí lo del PICBA o cualquier sigla o programa, la verdad que me trae al pairo en sí, pero sí me parece una buena excusa para intentar que en las aulas corra un mayor dinamismo y los chicos se lleven a casa algo más que seis horas de tedio o convivencia entre cuatro muros.

Michel Foucault (1926-1984)  estudió el origen común de las escuelas, prisiones y manicomios

Michel Foucault (1926-1984)
estudió el origen común de las escuelas, prisiones y manicomios

Las escuelas, tal como las conocemos ahora, nacieron del mismo proyecto liberal que trajo los psiquiátricos y las cárceles a partir de finales del siglo XVIII. A veces uno hasta ve por qué en el día a día. Yo no me considero antisistema, es más, hasta llego a juzgar que los antisistema forman parte del juego del sistema, de la misma pantomima. Simplemente intento 1) sobrevivir lo mejor posible en un mundo que tiene cosas que me gustan y otras muchas cosas que no me gustan, y 2) hacerme responsable de lo que digo y de lo que pienso.

Verdades en el bolsillo llevo pocas, un par tal vez, y procuro sacarlas a pasear poco, para que no se me erosionen. Eso sí, con el blog las rondo… Muchísimas gracias de nuevo por tus reflexiones, estoy pensando si te importa que las suba al blog, ya lo hablamos en cualquier caso. Claudio.”

Pues dicho y hecho, lo hablamos en una comida pre-claustro y por eso disponen aquí de estos devaneos epistolares que han leído.

diamadreY ya saben, no olviden mineralizarse ni vitaminarse y quiéranse también al margen de cualquier club que les acepte como socios, Groucho dixit, y, por descontado, de cualquier lucha que no sea en defensa de la lúcida fe ciega en las hadas. Por cierto, felicidades a todas las hadas madrinas en su día, que es hoy, este primer domingo de mayo. Felicidades a todas las madres que patrocinan nuestra felicidad.

Como addenda, les dejo, al margen pero a colación de las cartas, con lo que escribimos sobre El Club de la Lucha. Vamos a contar algo de la película y comentarla con relación al sujeto de los tiempos modernos, que son siempre los tiempos que corren. Lo más triste de lo moderno es que está condenado a la antigüedad. Seguro que hará pasar un buen rato no sólo a David, sino a todos y a todas aquellos y aquellas interesados e interesadas en el tema del género o el feminismo o la crisis del hombre moderno. Excusen la evidencia humorística: se ancla en el despropósito manifiesto de que continuamente no se puede estar diciendo -os, -as sin escarnio del lenguaje.

En fin, las citas que en adelante voy a entrecomillar son de diálogos de la película. Ahí vamos, abróchense los cinturones:

Existe un malestar contemporáneo entre los hombres: la mujer como metástasis en el organismo, en la organización patriarcal ­—mujeres varoniles, hombres afeminados. El varón poseído, posicionado en la sociedad de consumo postindustrial, se siente menos hombre que el varón del pasado —el padre muerto al que culpa de la herencia de haber dejado su educación y el embarajamiento mental de su goce en manos femeninas. Se siente un juguete en manos de la mujer. «Somos una generación criada por mujeres. Me pregunto si otra mujer es la respuesta que necesitamos», reflexiona, mientras se baña, el Narrador de la película, Edward Norton.[1]

Es un niño —un niño de treinta años que reconoce no ser apto ni para casarse. Un niño que no puede dormir, y por tanto no puede soñar. Para él, «todo es una copia de una copia de una copia…» Vive un mundo fragmentado de marcas comerciales, donde se profetiza un universo significado ilusoriamente como el producto de una transnacional: «serán las multinacionales las que lo bauticen todo». La madre, la Gran Madre, es la transnacional. Nuestro hombre, el Narrador, Jack, es una suerte de yuppie perito de una empresa de automóviles, lo cual lo pone en contacto con el saber de la muerte —investiga accidentes. Se convierte en un insomne en busca del sueño (en busca del deseo) asistiendo —príncipe siddharta interesado en el horror— a las reuniones terapéuticas de enfermos terminales. Se le ve llorar entre las enormes tetas femeninas de un hombre con cáncer testicular.

Helena Bonham Carter (Marla) en El Club de la Lucha

Helena Bonham Carter
como Marla Singer en El Club de la Lucha

En esas reuniones conoce una mujer de apariencia tétrica, igualmente turista en esas reuniones, Marla Singer, cuyo contacto vuelve a sumergirle en los espejismos del insomnio que atenuaran las terapias, el contacto con los muertos en vida, con el muerto, con el Padre: «todo era perfecto… y ella lo arruinó … Marla era como esa herida en el paladar que sanaría si dejaras de tocarla con la punta de la lengua, pero simplemente no puedes … Si tuviera un tumor lo llamaría Marla». A la par, en uno de sus frecuentes viajes aéreos de trabajo, conoce a Tyler Durden, un nihilista de una compleja simpleza que se gana la vida con empleos nocturnos —elaborando jabón con la grasa que roba de una clínica de liposucción, trabajando de camarero y meándose en la sopa, montando películas e insertando penes erectos subliminales.

El Club de la Lucha es un trasunto posmoderno del decimónico Dr Jekyll & Mr Hyde de Stevenson

El Club de la Lucha es un trasunto posmoderno
del decimónico Dr Jekyll & Mr Hyde de Stevenson

La vida del Narrador se altera con la irrupción de ambos, Marla y Tyler. Marla, la muerte; la madre tierra: «¿Quieres saber cómo se escucha realmente un estertor agónico?», pregunta Marla a Jack. Tyler, reencarnación de Mr Hyde: «Me veo como tú quisieras verte, jodo como tú quisieras joder … estoy libre de todas las inhibiciones que tienes». Tyler es el Padre ansiado del pasado, Marla el objeto que presentifica la angustia. El otro es ella y el otro es narciso, entre ambos el límite de la violencia por el que sobrepasarse a uno mismo. Tyler destruye el mundo de marcas de Jack recurriendo a la violencia, al límite sobrepasado: la violencia cura, por más que se trate de dejarse romper la cara por un gigantón con tetas de mujer —la violencia te anuda de nuevo a la vida. Vivimos en un mundo violento y las mujeres nos engañan haciéndonos creer que no somos violentos. ¿Para qué hablar? Es la hora de la acción. Jack y Tyler fundan un club de hombres con una pocas reglas: no hablar del club; sólo luchar uno contra otro; sin camisas ni zapatos; sólo una pelea al mismo tiempo; detener la pelea cuando el otro grite o lo pida; luchar la primera noche para poder ingresar en el club.

Chuck Palahniuk, autor de El Club de la Lucha

Chuck Palahniuk, autor de El Club de la Lucha

La película —Fight Club (1999) de David Fincher— está basada en una novela, con elementos autobiográficos, de Chuck Palahniuk, un licenciado de una generación deprimida de «personas con un excelente nivel de educación y sin embargo nos resultaba imposible conseguir trabajo. Yo me ganaba la vida como mecánico junto con otros dos licenciados de periodismo». Este licenciado, que tiene que trabajar, entre otros oficios, como mecánico de camiones en Oregón, se convierte en un voluntario en hospitales de enfermos terminales a los que lleva a mirar el mar por última vez: a fin de cuentas se trata de reparar en lo que nos conduce. Un fade to black en el que se intercala la imagen subliminal de un pene pone fin a la película.

Tyler Durden (Brad Pitt) es el otro de Jack, el Narrador (Edward Norton): su ideal de yo, el amo del esclavo. Tyler jode con Marla a las mil maravillas mientras el celoso Jack no repara en que siente celos de sí mismo. Tyler es el Otro necesario para que Jack desee a Marla. El Narrador a veces es Jack con Marla, a veces es Tyler con Marla. Tyler es una construcción de Jack tras el encuentro con Marla. Tyler es la mirada sobre sí mismo que Jack busca en Marla. «Su mentira reflejaba la mía».[2] Jack sobrevive suicidándose, matando a Tyler, y fundiéndose con Marla en el espectáculo, la mirada germinal que él construye para ella: la destrucción. Tyler es el hombre de hierro en el que el hombre blando contemporáneo quisiera convertirse, la reacción contra la mansedumbre que le molesta. Pero Tyler, en tanto Otro, es también el otro sexo: la mujer fuerte, independiente, la temida manly woman.

Robert Bly, poeta y lider del llamado Movimiento de los Hombres

Robert Bly, poeta y lider del llamado Movimiento de los Hombres

El club de la lucha es el club patriarcal de la historia: más allá de la honestidad de Palahniuk y Fincher, a finales del siglo pasado aparecieron en Estados Unidos clubs de hombres, el más famoso apadrinado por el junguiano Robert Bly, que reclamaban la vuelta al salvajismo prístino, a la paternidad bruta. Se pretenden Movimiento de los Hombres, reverso del movimiento feminista: «El movimiento de liberación de la mujer ayudó a las mujeres a tratar sus negaciones y sus pesares. Eso es exactamente lo que el movimiento de los varones hace ahora mismo».[3] Cobran a los yuppies una cantidad de dinero considerable y los ponen en taparrabos en bosques apartados a dar saltos y a emular hipotéticos comportamientos primitivos, todo ello adornado con un lenguaje ad hoc: mística masculina, iniciación, guerrero interior, bastón de las palabras, energía de Zeus.[4] Tal discurso está representado con éxito de ventas y de prosélitos en la biblia de esta apología del hombre de hierro, velada pero firmemente antifeminista: el libro iniciático de Robert Bly Iron John: A Book About Men,[5] obra nostálgica que se pretende guía patriarcal alumbradora en un mundo supuestamente dominado por mujeres que transmiten aversamente a los hijos la idea del padre.[6] Se añora una mujer meramente transmisora del patriarcalismo dominante, encarnada en el paradigma de la matrona griega. De la Grecia antigua a los modernos Estados Unidos, la misoginia se enjambra en la transmisión de un saber que se quiere fundado en el pasado, en el muerto, en el silencioso. El silencio de los hombres. La primera regla de Palahniuk —no hablar del Club de la Lucha— es la regla del enjambre misógino de la historia del pensamiento occidental. Pero la regla llama a su subversión, y hace tres siglos que comenzamos a hablar de ese club donde se enjambra la misoginia. «No es cosa rara que sea preciso reprender al mundo de demasiada docilidad».

Última escena de El Club de la Lucha

Última escena de El Club de la Lucha

«Me has conocido en un tiempo extraño de mi vida», la última frase de la película: Jack, el Narrador, a Marla, ambos de la mano contemplando el espectáculo de un mundo que se desmorona, la destrucción provocada por su Ideal, por Tyler. También Marla es el otro de Jack; no le ha dedicado una mayor mirada de amor como la de ese final: cuando sabe que el Narrador es capaz de autodestruirse. Un tiempo extraño, un tiempo que se busca en otro, pasado o futuro. Fight Club es una película que suicida su misoginia y cuyo estertor subversivo lo constituye el parpadeo de un pene subliminal, la última imagen. En Marla, el narrador se teje y desteje.

foucault«Quiero que me dejes embarazada, quiero tener tu aborto». Fight Club es un aborto de Hollywood; censurada en Gran Bretaña, estigmatizada en Estados Unidos, la censura más anodina llegó del propio Brad Pitt (Tyler Durden) que exigió la supresión de una frase que en el guión original le espetaba Helena Bonham Carter, la actriz que encarnaba a Marla Singer: «Quiero que me dejes embarazada, quiero tener tu aborto», con la cual resumo el espíritu de esta creación cinematográfica, cuando no del tardocapitalismo, del club de la hucha (perdonen, ha sido inevitable). La película de Fincher es violenta, misógina, machista, salvaje, claustrofóbica, cínica, siniestra… tal como la sociedad que la rechaza. Convierte a la Naranja Mecánica de Burguess y Kubrick en un inocente preludio. Es un tejido subversivo en tanto nos inviste de que ni siquiera el dolor cura de la lucidez. Ni siquiera la misoginia, o el dolor convertido en escuela del maldecir(se), salva al hombre blando (Edward Norton), que, finalmente, deberá matar a su ideal (Brad Pitt) para sobrevivirse a sí mismo.

Lo dicho, felicidades a todas las madres, ellas sí que saben sobre los hombres y las mujeres. El resto es cháchara de sus hijos e hijas.


[1] Cf. «… la educación de la humanidad debe ser sustraída a la madre». Otto Weininger, Sexo y carácter, p. 240.
Régine Dumay escribía en 1983: «En el plano de la personalidad las mujeres soportarán mal a alguien que no sea autónomo, pues ellas han conquistado su propia autonomía. Ahora bien, la educación actual ha sido desastrosa para los muchachos al hacerlos depender de la parte maternal y al haberlos privado del conocimiento de todo lo que buscan las mujeres … En la generación anterior hubo numerosas parejas divorciadas y, por ello, un gran número de muchachos educados sólo por la madre … La madre solitaria tuvo el impulso de empollarlos, haciendo todo por ellos y poniéndolos en un capullo de protección ociosa» (Cómo se hace el amor a una mujer, trad. F. García Cardona, Plaza y Janés, Barcelona, 1986, pp. 32-33).
[2] Como señala Lacan (Los escritos técnicos de Freud, Sem. i, sesión 15 de mayo de 1954), al sujeto hay que admitirlo como sujeto «por la sencilla razón de que es capaz de mentir. Vale decir que es distinto de lo que se dice». A lo cual habría que asociar la afirmación nietzscheana acerca de los sexos que se engañan mutuamente porque sólo respetan su respectivo ideal. Cf. Más allá del bien y del mal (1886), § 130, trad. E. Eidelstein, Edicomunicación, Barcelona, 1999, p. 99.
El sujeto consiste en la mentira: en el falo mantenido en la madre. La mentira es el límite subjetivo entre el monismo del significante fálico y el dimorfismo de los sexos.
[3] Robert Bly, entrevistado por Elgrably, J., «Hombre: llega el Movimiento de los Varones», El Europeo 39 (enero 1992), p. 53.
[4] Atención al aviso para navegantes formulado por Elizabeth Badinter: «Los nostálgicos del rito no deberían olvidar que éste implica siempre una oposición radical a las mujeres a partir de unos sentimientos de superioridad y de desprecio que luego cuesta eliminar. No queremos ya ese tipo de relaciones entre hombres y mujeres y no lloraremos por el viejo hombre que se muere entre nosotros» (XY. La identidad masculina, trad. M. Casals, Círculo de Lectores, Barcelona, 1994, pp. 132-133).
[5] Editado por Elements Books, Shaftesbury (Dorset), 1991.
[6] Cf. Elgrably, J., art. cit., pp. 40-53. Críticas al discurso del movimiento de los hombres en Parker, I., «Hombre, mito y subjetividad psicoanalítica». Problemas de Género 30 (1997), pp. 79-85.
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